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Los veranos de mi infancia me encantaba pasarlos con mis abuelos en su apartamento de Playa América. Iba a la playa y pasaba horas en bici pedaleando por caminos en los que ahora hay grandes chalets con piscina.

Por aquel entonces (hablo de los años 80), en los 600 metros de calle había doce casas, frente a más del triple que hay ahora. Todos nos conocíamos y los niños jugábamos juntos en la playa.

El caso es que el verano en que yo tenía 9 años, en la parcela contigua a la nuestra se estaba construyendo una casa, y en ese momento sólo estaba hecha la estructura y el tejado.

Pues resulta que una mañana, mientras me calzaba aquellas fanequeras maravillosas de última generación, mi abuelo se acercó y me dijo: «vente, que está Matías y nos va a enseñar cómo va la casa.»

Yo nunca había entrado en la construcción (sólo saltaba el muro cuando se me escapaba el balón). Por dentro estaba lóbrego, con el suelo aún de tierra y en los rincones, sacos de materiales, montones de arena, ladrillos, etc. Subimos por aquellas escaleras con peldaños de ladrillo hasta el piso de arriba.

Mi abuelo y Matías iban hablando con unas palabrejas que no entendía. Al llegar arriba Matías nos empezó a contar: «Ahí va a ir el dormitorio principal. En aquella esquina vamos a hacer otro más pequeño para que los niños lo puedan utilizar como sala de juegos. Esa plataforma va a ser una gran terraza para poder ver el mar y la playa.»

Y señalando la planta baja por el hueco, nos seguía explicando: «Allí abajo va a ir un salón muy grande, para que se puedan hacer comidas con toda la familia. Y los caramuxos que cojan los niños en la playa los van a hacer en aquel rincón, que va a ser la cocina.»

Y asomándonos por otro hueco de la pared, me decía: «Fíjate en esa parte del terreno, ahí es donde vas a poder bañarte tu cuando te inviten, porque vamos a hacer una piscina. Y al lado podéis hacer una portería y echar unos tiros.»

Yo lo escuchaba asombrado, porque me imaginaba todo lo que Matías contaba pero no lo visualizaba. Yo sólo veía cemento, ladrillos, tierra y agujeros en la pared. Me parecía imposible que aquello pudiese transformarse en un hogar. Pero me fascinó tanto aquella explicación que se me quedó en el subconsciente sin darme cuenta.

Muchos años después, cuando tuve la oportunidad de emprender mi negocio, aquel recuerdo que estuvo guardado en un cajoncito, afloró y me di cuenta de que quería dedicarme a vender ilusiones, esperanzas, en forma de un nuevo hogar para las familias.

Matías me dio la mejor lección de ventas de mi vida. Viendo cuatro ladrillos hizo que deseara vivir en aquella casa. Hoy en día, cuando vendo una propiedad siempre me dirijo a un niño de 9 años de la mano de su abuelo, con unas fanequeras de última generación.